7 de junio de 2016

Meses atrás.

No se estaba muriendo, la estaban matando. La risa, la que contagiaba se estaba apagando; su mirada, verdadera y limpia estaba dejando de brillar. Sus ganas, su ilusión iban disminuyendo con el paso de los días. Su corazón seguía grande pero estaba débil y encogido. El colgante de su cuello apenas brillaba. Sus pasos ya no eran firmes y ella ya no estaba tan segura. No se estaba muriendo, la estaban matando. Su pintalabios ya no era rojo y el anti ojeras apenas funcionaba. Casi no dormía, apenas descansaba. Andaba por andar, vivía por cobarde. Sus sueños ya ni existían. Dejó de creer en el amor y dudó de la amistad. Dejó de creer en los deseos al soplar un diente de león de un solo golpe. Era su cumpleaños y todos aplaudían, aplaudían sin saber que su deseo era dejar de vivir. Aplaudían por qué desconocían su dolor y creían en su sonrisa. Y es que no se estaba muriendo, la estaban matando.

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